Mostrando entradas con la etiqueta relatos sin escrúpulos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos sin escrúpulos. Mostrar todas las entradas

sábado, 14 de julio de 2007

2 ///relatos sin escrúpulos////////

Los ojos de un niño tienen que brillar, y cuando no brillan el mundo tiembla.

Y los ojos de Ricardo se perdían entre objetos perdidos en el salón de sucasa, se perdían con su silencio. Ricardo no era feliz, y él lo sabía. Pero no era capaz de solucionar nada porque los niños sienten que no entienden nada, y que nada de lo que hagan pueden cambiar la vida. Ricardo miraba fijamente el jarrón de la mesa, y pensaba que no entendía nada.

Lo único que quería Ricardo es que su madre fuera feliz y que no se quedará mirando el jarrón de la mesa sin parecer que no entende nada.

miércoles, 6 de junio de 2007

1 ///relatos sin escrúpulos////////

Cuando me levanté por la mañana toda la casa estaba como solía encontrarla los últimos meses. Madrugar nunca me ha gustado demasiado, aunque yo mismo decidí incorporarme al trabajo, porque en su momento pensé que me vendría bien para intentar olvidar el dolor acumulado en mi corazón desde la muerte de mi pequeña.

Sin embargo Pilar no lo estaba llevando nada bien, mejor dicho, cada día la encontraba en un estado mucho más denigrante, aveces temía que se diera a las drogas o al alcohol, pero hoy pienso que ese hubiera sido un problema con mejor solución. Todo se complicaba por momentos. A menudo, a media mañana, tenía que llamarla desde el trabajo porque me la imaginaba muerta, en la bañera con las venas abiertas o con un soga colgada de la lámpara del salón. No le habría sorprendido a nadie, incluso puede que lo esperásemos; por eso todos estábamos encima de ella, apoyándola o haciendo cualquier tontería, para que se borrará de su cabeza durante unos segundos los recuerdos que la dejaban totalmente ensimismada.


Esos días era un infierno vivir con ella; la desidia, la rabia y el mal humor se habían apoderado de una mujer que con el brillo de sus ojos llenaba de optimismo todos los rincones de nuestra casa. Cualquier momento era bueno para los reproches, cualquier momento era bueno para recordarme lo malo que soy, cualquier momento era bueno para los gritos y los portazos. Y yo siempre armándome de paciencia, o al menos intentándolo. Y yo siempre en medio de todo. No me explico porque en vez de apoyarse en el hombre con el que había compartido su vida, le declara su enemigo público número uno.