Cuando me levanté por la mañana toda la casa estaba como solía encontrarla los últimos meses. Madrugar nunca me ha gustado demasiado, aunque yo mismo decidí incorporarme al trabajo, porque en su momento pensé que me vendría bien para intentar olvidar el dolor acumulado en mi corazón desde la muerte de mi pequeña.
Sin embargo Pilar no lo estaba llevando nada bien, mejor dicho, cada día la encontraba en un estado mucho más denigrante, aveces temía que se diera a las drogas o al alcohol, pero hoy pienso que ese hubiera sido un problema con mejor solución. Todo se complicaba por momentos. A menudo, a media mañana, tenía que llamarla desde el trabajo porque me la imaginaba muerta, en la bañera con las venas abiertas o con un soga colgada de la lámpara del salón. No le habría sorprendido a nadie, incluso puede que lo esperásemos; por eso todos estábamos encima de ella, apoyándola o haciendo cualquier tontería, para que se borrará de su cabeza durante unos segundos los recuerdos que la dejaban totalmente ensimismada.
Esos días era un infierno vivir con ella; la desidia, la rabia y el mal humor se habían apoderado de una mujer que con el brillo de sus ojos llenaba de optimismo todos los rincones de nuestra casa. Cualquier momento era bueno para los reproches, cualquier momento era bueno para recordarme lo malo que soy, cualquier momento era bueno para los gritos y los portazos. Y yo siempre armándome de paciencia, o al menos intentándolo. Y yo siempre en medio de todo. No me explico porque en vez de apoyarse en el hombre con el que había compartido su vida, le declara su enemigo público número uno.